#FelizSanBallantine’s.

Reconozco que siempre me ha parecido una soberana ridiculez esto de celebrar San Valentín. Yo, que me tengo por una persona tolerante y respetuosa con las elecciones u opiniones de los demás, con esto no puedo, es superior a mí. Pongo la cruz y ya no hay quien me convenza de quitarla.

Y es que, desde que superé los 18, para mí el mundo se divide en dos tipos de personas: las normales y las que celebran San Valentín.

Las normales son gente como otra cualquiera, que duerme, come, respira, se toma una cerveza de vez en cuando, a veces le da al vino más de la cuenta, se ríe si toca reírse y llora si corresponde, va de compras, ve el fútbol o la última serie de FOX e incluso, lee. Las que celebran San Valentín hacen lo mismo, pero tras esa aparente normalidad, ocultan algo, algo turbio y oscuro que les hace ser sospechosos de no sé qué, pero seguro que de nada bueno.

Veo a los celebradores de San Valentín como unos extraños seres que son capaces de parecer normales y de repente, todos los 14 de febrero, hacen algo terrible, se acercan a una floristería, compran a precio de oro un ramo de 11 rosas blancas y rojas y te dicen que la rosa que falta para completar la docena eres tú. Horror. Puede ser que se decanten por una tarta con forma de corazón y un asqueroso fondant rojo a modo de cobertura. Horror. A lo mejor les gusta más el tema de la sorpresa experiencial y despiertan a su amado/a a golpe de bandurria con la tuna bajo el balcón. Horror. O quizás son más de darle al diente y reservan en un restaurante un menú degustación del tipo “crema de nécoras al estilo de los amantes de Teruel tonta ella y tonto él, merluza al horno con guarnición de besos, cochinillo enamorado sobre cama de corazones de patata y helado de turrón apasionado”, vamos, lo que yo llamo la verdadera cena de los idiotas. Horror.

Pero el problema no es que exista este tipo de personas. Afortunadamente, los sanvalentineros parecen una especie normal los 364 días restantes del año y, difícilmente, logras distinguirlos entre la multitud. El problema es cuando, un 14 de febrero cualquiera, te despiertas tú, una hater confesa de cualquier celebración romanticona, tan contenta o malhumorada como de costumbre, y ese partenaire que creías conocer desde hace 5, 7 ó 10 años, te sorprende (o, mejor dicho, te acojona) llevándote el desayuno a la cama, te regala una flor moribunda que cortó del arbusto del parque mientras sacaba al perro o, lo que es peor, un ramo de claveles, y te dice que te arregles, que toca comida/cena romántica y pasión desenfrenada.

Así que tú, que llevas más de un lustro repitiéndole a tu chico que sea más detallista, atento y caballeroso. Tú, que monopolizas las charlas con amigas hablando de él, de lo que es y de lo que, sin duda, podría haber sido con un poco más de comprensión hacia el género femenino. Tú, que tanto has fantaseado con la idea de un novio/marido con iniciativa y capacidad de sorprenderte un día cualquiera… te plantas, somnolienta, despeinada y con mal aliento, frente a un tipo que decide cambiar un maldito 14 de febrero a primera hora de la mañana, un sanvalentinero recién salido del armario. Y entonces, el mundo se cae a tu pies y piensas en lo cruel que puede llegar a ser la existencia humana.

Pero aún así te desperezas, te limpias las legañas, te zampas con voracidad el desayuno que te ha preparado, metes los claveles en un jarrón que no sabías ni que tenías, te duchas, te pones mona y ponéis rumbo al restaurante de turno, coméis, bebéis, os hacéis un selfie y ¡hasta lo compartes! eso sí, con un tímido #FelizSanBallantine’s como hastag, que ahora ya eres hortera, pero no tanto.

Nos leemos pronto.

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